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Historia Masoneria Española I
 

Respetable Logia Conocimiento, 158

Salud, Fuerza y Unión

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Inicio Historia Masonería

En España, el poder de la Inquisición, reafirmado por el fundamentalismo religioso de la nueva casa reinante (Borbones) y el absolutismo político que caracteriza a la época, propició que la Masonería padeciera las mas encarnizadas persecuciones desde su implantación.

La primera Logia constituida con arreglo a las constituciones de Anderson, y la primera fundada fuera de las Islas Británicas, reconocida un año mas tarde por la Gran Logia de Inglaterra, data de 1728. En esta fecha se formó en Madrid, fundada por Lord Coleraine, Duque de Wharton, la Respetable Logia Matritense o de las Tres Flores de Lys. En 1729, el mismo personaje, coronel del ejército inglés al servicio de la Corona española, fundó varias logias más en Gibraltar y, en 1739, Lord Lovell, Gran Maestro de de la Gran Logia de Inglaterra, nombró al hermano Jacobo Commeford Gran Maestro provincial de Andalucía.

En 1740 Felipe IV, presionado por la Iglesia católica, se vio obligado por la bula de excomunión de Clemente XII a aprobar un severísimo decreto contra la Orden, el cual supuso que muchos hermanos, sobre todo de las Logias de Madrid, fueran encerrados en las mazmorras de la Inquisición, de donde partieron los que no fueron ejecutados durante los interrogatorios, para cumplir condena en galeras. A pesar de todo la Masonería continuó secretamente sus trabajos, y se extendió con rapidez por todo el país.

En 1751, la nueva bula de excomunión, esta vez lanzada por Benedicto XIV, dio aún mayor cobertura doctrinal a los fanáticos integristas y tomó nuevas fuerzas la persecución, multiplicándose su crueldad. Un sádico ambicioso, el padre Torrubia (1) , esperando conseguir un obispado al consumar su vesania, aprovechó su cargo de censor y revisor de la Inquisición y de los mas de 20.000 bellacos que el Santo Oficio utilizaba para espiar hasta en el ultimo rincón del reino, para poner en marcha un plan destinado a llevar al patíbulo a todos los francmasones españoles, y extirpar la Francmasonería de los Estados del Rey católico.

Obtuvo del gran penitenciario, del Papa, dispensa y absolución para el juramento que se le había de exigir al ingresar en la Orden y así se hizo recibir con un nombre falso. Se enteró inmediatamente de cuanto le interesaba y, con la ayuda de sus 20.000 espías, confeccionó una tan falsa como espantosa acusación, a la que iba unida una lista exacta de las 97 Logias que había en ese momento en España (2), la cual entregó al Tribunal Supremo de Justicia de la Inquisición, en Madrid.

Las consecuencias no se hicieron esperar y pronto millares de francmasones, cuyos nombres constaban en la infame acusación de Torrubia, fueron presos y sometidos a los mas crueles tormentos en los calabozos de la Inquisición. Al tiempo, Fernando VI se veía obligado por las presiones de la Iglesia, a decretar la prohibición del ejercicio de la Francmasonería por ser una Orden sospechosa y perjudicial para la religión.

Algunas Logias, sin embrago, continuaron reuniéndose en secreto, principalmente en ultramar donde la persecución fue mas moderada. Por ejemplo, en La Habana, donde las autoridades, temerosas de la reacción de los comerciantes extranjeros, no se dejaron someter por las presiones de la Inquisición.

Durante la segunda mitad del siglo XVIII no cedió la intensidad de las persecuciones orquestadas por la Inquisición y legitimadas desde Roma a cada cambio de Papa, sin que algunos ilustres hermanos situados en puestos de relieve consiguieran moderar la furia inquisitorial, aunque desde su cercanía a los reyes y por los puestos que algunos de ellos ocupaban, lograron que una cierta infraestructura sobreviviera.

Lógicamente, la situación de clandestinidad en la que durante estos años vivió la Masonería ha hecho que muy pocos documentos de la época hayan llegado a manos de los historiadores, a pesar de esto sabemos que en 1772 se constituyó una Logia, compuesta mayoritariamente por militares de la Guardia Valona del Rey, dependiente del Gran Maestro Provincial de los Países Bajos.

En 1780, el conde de Aranda (3), fundó el Grande Oriente Nacional de España (primer antecedente del actual Grande Oriente Español) del que fue su primer Gran Maestro. Pertenecieron a esta Obediencia, entre otros: el duque de Alba, consejero de Estado; don Manuel de Roda, ministro de Gracia y Justicia; don José Nicolás de Azara, embajador en Roma; don Pablo Antonio de Olavide, síndico de Madrid y superintendente de las colonias de Sierra Morena; don Melchor de Macanaz, ministro de Carlos II, Felipe V y Fernando VI y don José Moñino, nombrado por Carlos III conde de Floridablanca.

Masones ilustres de la época fueron, entre otros, don Manuel Luis de Urquijo, ministro de Carlos IV; don Juan Antonio Llorente, secretario del Santo Oficio; el General O'Farril, el conde de Cabarrús, el conde de Campo Alanje y el celebre dramaturgo Leandro Fernández de Moratin.

A pesar de la pertenencia a la Masonería de tan encumbrados personajes, debo insistir en que la Orden vivió durante el siglo XVIII constantemente perseguida, con mas o menos saña según el momento, lo que la obligó a mantenerse como sociedad secreta y, en consecuencia apenas nos han llegado testimonios documentales. Por ello, en los registros mundiales no figura ninguna logia española hacia 1787.

Sí está comprobada la relación de un grupo de ilustrados masones, integrantes de aquel primitivo Grande Oriente Español, con las actividades republicanas conocidas como la conspiración del cerrillo de San Blas (3 de febrero de 1795), de la que fue dirigente destacado don Juan Mariano Picornell y Gomila, miembro de la Respetable Logia España (Madrid). Con él colaboraron en aquel intento revolucionario los hermanos: don José Lax, don Pedro Pons Izquierdo, don Sebastián Andrés, don Manuel Cortés, don Bernardino Garasa, y don Joaquín Villalba. Todos ellos condenados a muerte, tanto por su pertenencia a la Masonería como por su fe republicana, a pesar de no haber derramado ni una sóla gota de sangre y habiendo fracasado la intentona de insurrección, aun antes de empezar. Pena que les fue conmutada por la de prisión perpetua en Panamá, gracias a las presiones del embajador de Francia. País desde el que participaron en aquellos hechos los también masones españoles don José Marchena y don Andrés María de Guzmán, activos colaboradores en la revolución francesa.

Con la invasión francesa y la coronación de José Bonaparte(4) los vientos de libertad recorrieron la vieja piel de toro. Fue abolida la Inquisición, culpable del 90% de los males históricos que aun hoy padece España y sus mazmorras abiertas. Y comenzó para la Masonería española su primera época de plena libertad. Se organizaron nuevas logias en San Sebastián, Vitoria, Santander, Santoña, Zaragoza, Salamanca, Madrid (siete), Talavera de la Reina, Almagro, Manzanares, Figueras, Gerona, Barcelona, Sevilla, etcétera. José I se rodeó de masones españoles, entre ellos don José de Azanza, presidente de la Junta Nacional, y los ya citados, Urquijo, O'Farril y Cabarrus, que fueron ministros de su Gobierno.

El Rey José introdujo en España, tan sólo cuatro años después de que lo fuera en Francia, el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, recientemente consolidado en aquellos años, del que instituyó en 1808 un Supremo Consejo del 33 y Último Grado, para España y sus dependencias de ultramar. Un año después constituyó un segundo Grande Oriente, ambos cuerpos se disolverían al verse obligado el rey a abandonar el territorio español en 1813, tras el triunfo de las tropas inglesas y de los españoles leales a las Cortes de Cádiz.

Demostración de la libertad en que deja la Masonería a sus miembros, y la independencia absoluta de que disfrutamos los masones a la hora de tomar partido por las diferentes opciones políticas, es el hecho de que en el bando contrario a José I, militaban activamente los también francmasones don Sebastián Piñuelas y don Gaspar Melchor de Jovellanos y este ultimo, con los miembros de la Masonería, don Martín de Garay, Calvo de Rozas y el ilustre poeta don Manuel José Quintana formaron parte de la Junta Central Gubernativa del Reino, constituida en octubre de 1808.

En 1811 el conde de Grasse-Tilly instituyó un segundo Supremo Consejo del Grado 33 y Último del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, el cual perdura aun en nuestros días en fraternales relaciones con la actual Gran Logia de España. Con él se trató de librar a la Masonería española de la influencia anglosajona, ya que fueron miembros de la Gran Logia de Inglaterra los que fundaron las primeras logias en el siglo XVII.

La primera logia, creada en 1811 bajo los auspicios de este Supremo Consejo, fue la Respetable Logia de la Estrella. Fue fundada por hermanos españoles y franceses y se reunía en los locales de la Inquisición madrileña, recientemente desalojados. También son de aquella época las Logias Beneficencia y Santa Julia, las cuales formaron con la de la Estrella el núcleo del Gran Oriente Español fundado por Grasse-Tilly.

Fueron diputados en las Cortes de Cádiz e inspiradores de la Constitución de 1812, la primera democrática, los miembros de la Orden don Diego Muñoz Torrero, el conde de Toreno, don Agustín Argüelles, don José María Calatrava, ministro de Gracia y Justicia; don Isidoro Antillón, don Antonio Porcela, don José Mejía y don Agustín García Herreros (del que desciende el autor de este libro).

Pero, mientras en la España gobernada por José I la Masonería trabajaba con normalidad, no pasó lo mismo en la dependiente de las Cortes de Cádiz. Así, las propias Cortes, contagiadas del espíritu obscurantista de clérigos e inquisidores, y so pretexto de que muchas logias apoyaban al Rey José, confirmaron el 19 de enero de 1812 el viejo decreto de Fernando VI de 1751 por el que quedaba proscrita la Masonería en España.

A pesar de la prohibición, terminada la guerra, durante el período constitucionalista siguió creciendo la Orden, de la que fue Gran Maestro del Grande Oriente que fundara años antes el conde de Aranda, el conde de Montijo, tío de la que después sería emperatriz de los franceses y organizador del llamado motín de Aranjuez, causa determinante de la abdicación de Carlos IV. Posteriormente desempeñó la Gran Maestría el infante don Francisco de Paula, hermano de Fernando VII y muy diferente a éste.

Otros componentes de la familia real durante el reinado de Fernando VII, miembros de la Masonería, fueron el duque de Sevilla y los yernos del infante: el conde de Gorowski y don José Güell y Rente.

Pero abolida la Constitución en 1814 por aquel rey nefasto (con mucho el peor de la historia de España), instalado de nuevo el absolutismo, la Inquisición se hizo dueña otra vez de la situación .Recuperó durante este reinado el poder que había perdido durante la etapa bonapartista y, la Masonería volvió a ser perseguida por lo que hubo de tornar a la clandestinidad.

En enero de 1815, con el primero de una serie de decretos de la Inquisición en el que se prohibía y condenaba a la Masonería, empezó un período que para muchos masones significó, cuando no la muerte, si la prisión o el exilio.

En 1820, gracias al pronunciamiento del masón don Rafael de Riego, se vuelve al régimen constitucional y, con la libertad, la Masonería vuelve a trabajar libremente durante todo el trienio para volver a las catacumbas, obligada por la más encarnizada, si cabe, persecución contra masones y liberales, que desata Fernando VII desde 1824 hasta el final de su, para España, triste reinado.

Con la muerte del rey, durante las regencias de María Cristina (de 1833 a 1840) y de Espartero (1840 a 1842), así como durante el reinado de Isabel II (de 1843 a 1868), la Masonería sigue prohibida. No obstante, la menor presión policial y la paulatina pérdida de poder de la Inquisición permite que muchos hermanos regresen del exilio, propiciado el retorno por el estallido de la primera guerra carlista y la necesidad de la regente de aunar todos los apoyos posibles para su causa. No obstante, la persecución no cesa, pues el Real decreto de abril de 1834 se limita a amnistiar las actuaciones pasadas, pero sigue manteniendo prohibida la pertenencia a la Masonería, bajo penas de prisión, destierro e inhabilitación para el ejercicio de cargos públicos.

A pesar de ello durante la regencia de la "reina gobernadora" formó Gobierno, como presidente, el masón Martínez de la Rosa, figurando al frente de respectivas carteras ministeriales los también masones Garelly, Burgos, Zarco del Valle y Vázquez Figueroa, lo que facilitó la disminución de la presión policial.

De entre los miembros de la Francmasonería española en aquellos años, destacan por su constante labor en favor de la libertad los generales: Espoz y Mina, Porlier, Lacy, Milans, Alava, Van Halem, O'Donojú, Torrijos, O'Donell, Santander, Zayas, Morillo, Moreda, Valdes y Martínez de San Martín. Los jefes y oficiales: don Ramón Latas, don Joaquín Vidal, don Ignacio López Pintos, don Eusebio Polo, Núñez de Arenas, don Patricio Domínguez, don Facundo Infante, don Antonio Quiroga, don Felipe Azo, don Juan Sánchez, don Ramón Alvarez, don Francisco Merlo, don Cipriano Lafuente, don Tomás Murciano, don Laureano Félix, don José Ortega, don Joaquín Jacques, don Juan Antonio Caballero, don Ramón Maestre, don Francisco Vituri, don Vicente Llorca, don José Ramonet y como ya he dicho antes el célebre don Rafael del Riego, jefe de la revolución de 1820 y Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo del 33 y último Grado del Rito Escocés Antiguo y Aceptado.

Y, de entre los civiles, además de los indicados anteriormente destacaron don Vicente Cano Manuel, presidente de las Cortes y su hermano don Antonio Cano Manuel, ministro de Gracia y Justicia; don Juan Álvarez Guerra, varias veces diputado y senador y Ministro del Interior en 1835; don Alvaro Flórez Estrada, diputado que tomó parte activa en la revolución de 1820; el Marqués de Tolosa, activo fundador de Logias; don Antonio Romero Alpuente que llegaría a ser diputado en 1880; don Martín Batuecas activo luchador por las ideas republicanas; don Alfonso María de Barrantes, idealista e incansable luchador por la libertad, muerto en las barricadas de París en 1848; don Antonio Pérez de Tudela, que fuera Gran Comendador de la Orden; don Mateo Seoane, diputado en 1823 que votó a favor de la destitución de Fernando VII; don Juan Manuel Vadillo, varias veces diputado y senador; el célebre poeta don José de Espronceda, incansable activista a favor de la Masonería; don Bartolomé José Gallardo, que fuera bibliotecario de las Cortes de Cádiz; don Francisco Martínez de la Rosa, don Antonio Alcalá Galiano, don Tomás Istúriz y don Juan Alvarez de Mendizabal, que en el futuro llegarían a ministros, y un larguísimo etcétera del que se podría entresacar a: don Juan Hurtado, don José Alonso Partes, don Manuel Figueroa, don Pascual Navarro, don Antonio Oliveros, don Antonio Zarrazábal, don José Zorraquin, don Francisco Fernández Golfin, don Ramón Félix, don Juan Antonio Yandiola, don Sebastián Fernández Valera, don José María Montero, don Mamerto Landáburu, don Francisco Alvarez, don Francisco Lonjedo, don Gregorio Iglesias, don Domingo Badia (Alí Bey), don Claudio Francisco Grande, don Nicolás Paredes, don Tomás Francos, don Domingo Ortega, don Francisco Meseguer y don Francisco Fidalgo. Muchos de ellos fueron diputados o senadores, pero todos ellos se destacaron como liberales y constitucionalistas.

Los gobiernos del reinado de Isabel II, cuyos preceptores Quintana y Ventura de la Vega eran masones, como lo fue su tutor Argüelles y el intendente de su casa don Martín de los Heros, intensifican de nuevo la persecución, con lo que la Orden, a pesar de contar con muchos miembros en destacados puestos de la política y la milicia, debe de permanecer en la clandestinidad durante esos años, pasando a depender muchas Logias de Grandes Orientes extranjeros, la mayor parte de ellas del Grande Oriente Lusitano; otras del Grande Oriente de Francia, o del de Italia y algunas de la Gran Logia de Inglaterra.

No obstante, la vuelta al régimen constitucional facilitó en alguna forma la formación de nuevas Logias, a las que pertenecieron masones como don Joaquín María López, don Salustiano Olazabal, don Antonio González, el Conde de las Navas, don Fermín Caballero, don Telesforo Trueba, don José Llanos, don José Villanueva, don Cayetano Cardero, don Mariano José de Larra (Fígaro), el duque de Rivas, Ventura de la Vega y los generales don Evaristo San Miguel y López Baños.

Masón era el Conde de Toreno, sucesor del también masón Martínez de la Rosa, el cual nombró ministros de su gobierno a los francmasones Alvarez Guerra y Alvarez Mendizábal. Este, famoso por la desamortización, llegó a presidir a su vez un gobierno en el que figuraron los masones Alava, Martín de los Heros, Gómez Becerra y el conde de Almodovar.

Sucedió Instúriz a Alvarez Mendizabal, el cual encargó Carteras a los masones duque de Rivas, Méndez Vigo y Alcalá Galiano.

Tras el Motín de la Granja formó gobierno el masón don Manuel María de Calatrava, en el que desempeñaron cartera los también masones don Joaquín María López, don José Ramón Rodil, don Andrés García Camba y, de nuevo, don Juan Alvarez Mendizabal.

Las Cortes constituyentes convocadas por este último Gobierno fueron presididas por el masón Gómez Becerra. Y obtuvieron escaño los masones Argüelles, Alonso Cordero, Alvarez Gómez, Acuña, Alcalá Zamora, Ayguals de Izco, Aspiroz, Ballesteros, Beltrán de Lis, de los Cuetos, Cantero, Caballero, Cano Manuel, Espartero, Espoz y Mina, Ferros Montaos, Fernández del Pino, Fernández de los Ríos, Feliú y Miralles, Fernández Baeza, Ferrer, Flores Estrada, González Antonio, Gracia Blanco, Garrido, Martín de los Heros, Huelves, Infante, Llanos, Madoz, Matheu, Millan Alonso, Olózaga, Olleros, Padilla, Roda, Seoane, Salvato, San Miguel, Sancho, Vadillo y Vicens.

Finalmente, con el triunfo de la Revolución de 1868 cesan las persecuciones y la Masonería, legitimizada por el régimen de libertades, puede desarrollarse con normalidad, siendo esta una etapa de crecimiento y asentamiento en la sociedad española.

Preludio del destronamiento de Isabel II fue la sublevación en Cádiz de los generales masones Pierrad, Moriones y Contreras, bajo la dirección de los así mismo masones Malcampo, Sagasta, Dulce, Prim, Ruiz Zorrilla y Méndez Núñez, movimiento en el que colaboró la práctica totalidad de la flota, entre cuya oficialidad había gran numero de masones.

Entre los firmantes del manifiesto de Sevilla figuraban los miembros de la Masonería don Antonio Arístegui, don Federico Rubio, don Francisco Díaz Quintero, don Manuel Carrasco, don Antonio Machado, don Tomas Arderíus, don Manuel Sánchez Silva y el general Peralta.

En 1869 había conseguido sobrevivir a las persecuciones un Gran Oriente Nacional de España, heredero de aquel primitivo Gran Oriente inicial, con un Supremo Consejo del que había sido Soberano Gran Comendador el infante don Francisco de Paula. Se formó también el Grande Oriente de España, de carácter más liberal que el anterior del que era Gran Maestro Ruiz Zorrilla, el cual, al mismo tiempo era presidente del Gobierno. Fue sucedido en la Gran Maestría por don Práxedes Mateo Sagasta (1876-1881), estando formado en aquella época el Grande Oriente de España por 370 logias, número que se incremento durante las Grandes Maestrías de Romero Ortiz y don Manuel Becerra.

Masones destacados del período entre 1868 y la Restauración fueron:

Presidentes del Consejo de ministros: Prim, Malcampo, Ruiz Zorrilla y Sagasta.

Ministros:

Romero Ortiz, don Segismundo Moret, don Cristino Martos, presidente del Congreso; don Eleuterio Maisonnave, Gran Comendador; don Eduardo Chao, don José Cristóbal Sorní, don Jacobo Oreiro, Gran Comendador; don Francisco Salmeron, don Victor Baránger, don Joaquín Bassols, don Eugenio Gamindez, don José Pieltain, don José Beránger, almirante; don José Muro, don Ramón Nouvilas y don José Echegaray.

Diputados y senadores:

Don José Abascal, alcalde de Madrid; don Jose María Orense marques de Albaida, presidente de las Cortes Constituyentes de 1873; don Agustín Albors, don Pablo Alsina, don Mariano Alvarez Acevedo; don José Toribio de Ametller, general; don Gabriel Baldrich, general; don Roque Barcia, escritor; don Ramón Cala, periodista; don Luis Blanc, escritor; don Manuel Becerra, Gran Comendador; don Manuel Cantero, exministro; don Manuel Carrasco; don José María Carrascón, periodista; don Juan Contreras, general; don Rafael Coronel y Ortiz, director de administración; don Salvador Damato, militar; don Francisco Díaz Quintero, abogado y periodista; don Domingo Dulce, general; duque de la Victoria, general; don José Fantoni y Solis, abogado; don Ruperto Fernández de las Cuevas, ingeniero; don Angel Fernández de los Ríos, escritor; don Miguel Ferrer y Garcés, catedrático; don Santiago Franco Alonso, abogado; don Francisco García López, abogado; don Gregorio García Ruiz, periodista; don Rafael Guillén y Martínez; don Bernardo García, periodista; don Francisco González User, industrial; don Simón Gris Benitez, abogado; don Pedro Gutiérrez Agüera; don Juan Manuel González Acevedo; don Santos de la Hoz y Sánchez; don Adolfo Joarizti Lasarte; don José Lagunero, general; don Manuel Llano y Persi, secretario del Congreso; don Baldomero Lostau; don Romualdo la Fuente; don Ricardo López Vázquez, secretario de la Presidencia del Consejo; don Lorenzo Milans del Boch, general; don Domingo Moriones, general; don Pascual Madoz, ex ministro; don Manuel Merelo, catedrático; don Luis de Moliní, Marques de Montemar; don Juan Moreno Telinge; don Vicente Morales Díaz, abogado; don Juan Moreno Benitez, gobernador de Madrid; don Ricardo Muñiz, director de la Casa de la Moneda; don Pedro Muñoz Sepúlveda, actor; don Pedro Mateo Sagasta, director de Administración; duque de Montpensier; don Cesáreo Martín Somolinos, farmacéutico; don Juan Martínez Villergas, poeta satírico; don Narciso Monturiol; don José Navarrete, comandante de Artillería y don Salustiano Olózaga, ex ministro; los generales Pierrad, Palacios, Peralta y Rosell; don Manuel Ortiz de Pinedo, abogado; don Eusebio Pascual Casas, periodista; don José Paúl y Anulo; don Victor Pruneda, escritor; don Zoílo Pérez, médico; don Florencio Payela, abogado; don Antonio Pedregui Guerrero; don Antonio Ramos Calderon, director de la Deuda; don Ignacio Rojo Arias, Gran Comendador y gobernador de Madrid; don Federico Rubio y Galí, cirujano; don Facundo Ríos Portillo, gobernador y secretario de las Cortes; don Francisco Rispa y Perpiñá, Gran Comendador; don Roberto Robert, ministro plenipotenciario; don Roldán del palacio, abogado; don Manuel Regidor Jurado, periodista; Marqués de Santa Marta, Gran Maestre; don Gonzalo Serraclara, abogado; don Juan Pablo Soler, escritor; don Prudencio Sañudo, abogado; don Salvador Salaute, abogado; don Salvador Sampere y Miguel, académico e historiador, y don Miguel Uzuriaga.

Y otros como:

Don Clemente Fernández Elías, catedrático; don Rosendo Arús; don Amable Escalante, general; don Ricardo Díaz Rueda, magistrado del Supremo; don Nicolás Calvo Guasti; don Felipe Picatoste, publicista; don Francisco José Barnés, catedrático; don Antonio Pirala, historiador; don Mariano García, ministro plenipotenciario; don Ramón Escandón, astrónomo; don Juan Téllez Vicen, catedrático; don Bernardo Orcasitas, alcalde de Madrid; don Vicente Moreno de la Tejera y don Francisco Javier Parody.

El rápido crecimiento del numero de las logias, junto con el carácter dispersivo tan típicamente español y el ingreso de personas que tan sólo buscaban el relieve social produce, con la llegada de la restauración, una proliferación de Obediencias, encontrándonos hacia 1888 con la existencia de las siguientes:

  • Gran Oriente Nacional de España, Gran Maestre don José María Pantoja.

     

  • Gran Oriente de España, legalidad electiva, Soberano Gran Comendador don Pío Vinader.

     

  • Gran Oriente de España, legalidad posesiva escocesa, Soberano Gran Comendador don Juan Antonio Pérez.

     

  • Gran Logia Simbólica, Gran Maestre don José López Padilla.

     

  • Confederación Masónica Ibero-Americana, Gran Maestre don Jaime Martí.

     

  • Soberano Gran Consejo del Rito de Memphis Misraim, Gran Maestre don Ricardo López Salaverry.

Afortunadamente, el buen hacer de don Miguel de Morayta, consigue que, solamente un año mas tarde, se clarifique la situación mediante la desaparición de algunas y la suma de las dos mas importante Obediencias. Así el 21 de mayo de 1889, de la fusión del Gran Oriente de España y el Gran Oriente Nacional de España surge, esta vez definitivamente, el actual e histórico Grande Oriente Español, nuevo y unitario cuerpo masónico que mantiene, desde entonces, la regularidad y legitimidad histórica de la Masonería española, a pesar de las muchas vicisitudes por las que ha tenido que pasar.

Su primer Gran Maestro y Soberano Gran Comendador fue el insigne catedrático don Miguel Morayta, con el que colaboró entusiásticamente en la organización y desarrollo de la Obediencia el Gran Secretario General, hermano don Joaquín Ruiz Vergara, uno de los masones más entusiastas y laboriosos que ha tenido la Masonería española. Desde entonces, en una cadena que jamás a perdido la continuidad, aun en las mas trágicas circunstancias, han sido sus Grandes Maestros:

M.·. Il.·. H.·. Miguel Morayta y Sagrario
1889 - 1901
M.·. Il.·. H.·. Emilio Menéndez Pallares
1901 - 1904
M.·. Il.·. H.·. José Marenco Gualter
1904 - 1906
M.·. Il.·. H.·. Miguel Morayta Sagrario
1906 - 1917
M.·. Il.·. H.·. Antonio López de Villar
G.·. M.·. Interino
M.·. Il.·. H.·. José Lescura Borras
G.·. M.·. Interino
M.·. Il.·. H.·. Luís Simarro Lacabra
1917 - 1921
M.·. Il.·. H.·. Augusto Barcia Trelles
1921 - 1922
M.·. Il.·. H.·. Enrique Gras Morillo
1922 - 1923
M.·. Il.·. H.·. José Lescura Borras
1923 - 1924
M.·. Il.·. H.·. José Mª Rodríguez y Rodríguez
1924 - 1925
M.·. Il.·. H.·. Demófilo de Buen Lozano
1926 - 1929
M.·. Il.·. H.·. Diego Martínez Barrio
1929 - 1930
M.·. Il.·. H.·. Diego Martínez Barrio
1930 - 1934
M.·. Il.·. H.·. Fermín de Zayas Molina
G.·. M.·. Interino
M.·. Il.·. H.·. Angel Rizo Bayona
1935 - 1938
M.·. Il.·. H.·. Lucio Martínez Gil
1938 - 1946
M.·. Il.·. H.·. Antonio Montaner
1946 - 1954
M.·. Il.·. H.·. Mateo Hernández Barroso
1954 - 1962
M.·. Il.·. H.·. Juan Crediaga Villa
1962 - 1970
M.·. Il.·. H.·. Jaime Fernández-Gil de Terradillos
1970 - 1982
M.·. Il.·. H.·. Antonio del Villar Massó
1982 - 1988
Francisco José Alonso Rodríguez (detentando)
1988 - 1993
M.·. Il.·. H.·. Miguel Angel de Foruria y Franco
1994 - 1996
M.·. Il.·. H.·. Miguel Angel de Foruria y Franco
1996 - 1999
M.·. Il.·. H.·. Miguel Angel de Foruria y Franco
1999 - 2001
M.·. R.·. H.·. Tomás Sarobe Piñeiro
2001 - 2004
M.·. R.·. H.·. Josep Corominas y Busqueta
2004 -

Durante el primer período de don Miguel Morayta como Gran Maestro, el Grande Oriente Español alcanzó un gran desarrollo, obteniendo el reconocimiento, ya en el año 1891, de las Grandes Logias de Escocia, Australia, Luxemburgo, Venezuela, Egipto y Francia, y de los Grandes Orientes de Francia, Centro Americano, México, Italia, Suecia y Noruega, Holanda, Bélgica, Perú, Chile, Argentina, Lusitano Unido, Marruecos y del Gran Oriente del Rito Misraim de Francia, Supremo Consejo del Gran Oriente Francés, etcétera.

Masones ilustres de este período son, entre otros muchos los ministros de la restauración don Bonifacio de Blas y Muñoz, don Gaspar Núñez de Arce y don Vicente Romero Girón.(5)

Durante el primer tercio del presente siglo la Masonería trabaja en el interior de las logias, sin grandes actividades públicas, como a las que se vio obligada durante el turbulento siglo XIX, a ello también contribuyó la pérdida, por la intervención norteamericana, de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, posesiones de ultramar que habían representado siempre importantes focos de actividad masónica.

En 1903 se realiza una primera reforma de la Constitución del Grande Oriente Español, lo que le supondrá su legalización oficial, la primera que se produce en la historia de la Masonería española. Básicamente las reformas consisten en la estructuración de la Obediencia con una base federal, acorde con la historia de los distintos reinos que componen España. Con ello se trataba de poner fin a la proliferación de organizaciones masónicas de ámbito regional.

Pero no será hasta 1920 cuando estas nuevas ideas autonomistas, en cuanto a la estructura organizativa, sean plenamente aceptadas por las Logias y se comience a crear una autentica estructura federal compuesta por Grandes Logias Regionales.

En 1921 la Gran Logia Simbólica Catalana-Balear, que había sido constituida en 1886, abandona su fuerte politización catalanista y adopta una estructura nacional, pasando a denominarse Gran Logia Española.

El Gran Oriente Español celebra una Gran Asamblea Nacional los días 21 al 24 de octubre de 1923 en la que se acuerda la reorganización, dividiendo el territorio mediante la creación de las Grandes Logias del Centro de España, con sede en Madrid; del Noroeste, en Gijón; del Nordeste, en Barcelona; del Levante, en Alicante; del Mediodía, en Sevilla; de Marruecos, en Tánger; y del Sudeste, en Cartagena.